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domingo, 16 de agosto de 2015


La pobreza en un año electoral


Con motivo de la colecta anual de Cáritas Argentina vuelve, como todos los años, a emerger el tema de la pobreza, las estadísticas, la preocupación, la "pobreza cero”, y variopintas declaraciones episcopales sumadas a la próxima "Semana de Pastoral Social" que se realizará como todos los años en Mar del Plata.


En este contexto se escuchan diversas voces de obispos que nos resultan significativas:

  • Mons Martínez afirmó que "le preocupa la realidad y no las estadísticas"
  • Mons. Oscar Ojea declaró que "no tenemos indicadores precisos, Caritas no hace encuestas".
  • Mons. Arancedo afirmó que “la pobreza es de dos dígitos siempre”



En todos los casos sin embargo -y sin que afirmen cuáles son los argumentos científicos o académicos-  hacen suyos el índice de pobreza medido por el Observatorio de la UCA. 


Esa actitud contradictoria de afirmar – por un lado – que no se valoran las estadísticas como si la realidad pudiera apreciarse sin mediaciones, y a su vez aceptar sin la debida neutralidad las mediciones de la UCA resta objetividad a los comentarios y opiniones sobre un tema tan serio.


Nos resulta un evidente signo de parcialidad notar que en las intervenciones eclesiales o de diferentes actores sociales sobre el tema de la pobreza suelen obviarse una serie de medidas inclusivas y trascendentes para la reducción del hambre y la pobreza que fueron ejecutadas como políticas de Estado en los últimos años y que también son parte de la realidad. Políticas que de hecho han reducido drásticamente la pobreza e indigencia que alcanzaran niveles delirantes a fines del 2001.


El Dr Bernardo Kliksberg, autoridad mundial en temas de pobreza, ha destacado las vigorosas políticas antipobreza y proigualdad de la Argentina. Se expandieron las políticas públicas, se hicieron grandes inversiones en educación y salud, aumentaron sustancialmente los salarios reales mínimos y medios y las jubilaciones, se crearon nuevos puestos de trabajo y se auxilió especialmente a los más pobres con programas sociales tales como la Asignación Universal por Hijo.


Es algo evidente que la pobreza es un fenómeno indisociable tanto del modelo económico aplicado por el gobierno que esté al frente de un Estado como del sistema económico global impuesto por las potencias desarrolladas. Nos gustaría escuchar a los Obispos o a los candidatos a presidente hablar acerca de cuál sería el modelo económico que reduciría la pobreza, porque no se trata solo de expresar la preocupación por la misma sino de apoyar efectivamente un modelo de país, un modelo de economía y sociedad.


La Argentina conoció el hambre en los 90 de la mano del modelo neoliberal. La UCA ha sido y sigue siendo frecuente lugar de disertación de economistas neoliberales, (como Domingo Cavallo funcionario de la dictadura militar y adalid de la economía de los 90) cuyas propuestas agravan la pobreza, el hambre y la desigualdad en el mundo. No le reconocemos, por tanto, autoridad alguna para hablar seriamente de la pobreza en la Argentina.


Por otro lado, nos resulta curioso escuchar una y otra vez voces eclesiásticas que se manifiestan escandalizadas por la pobreza,  pero que a la vez no encuentran escándalo en la riqueza que ostentan sus asesores y no reparan en los modelos económicos que defienden. Alguna vez quisiéramos escuchar nombres y modelos más que excusas tales como “no somos técnicos” o semejantes.


Finalmente, sabemos que hay muchos problemas por resolver, mucho camino resta por andar. Pero no ignoramos el largo camino transitado de inclusión e incorporación de aquellos compatriotas que los modelos anteriores habían dejado heridos al costado del camino. 


Como curas que caminan en medio de los pobres, escuchando sus clamores y celebrando sus fiestas, hacemos nuestro el deseo ferviente del Obispo Oscar Romero, beato y mártir. Un mundo igualitario con justicia social sin concentración egoísta y violenta de la riqueza, que sin dudas es una de las causas más profundas de la pobreza: «Yo denuncio, sobre todo, la absolutización de la riqueza. Éste es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada como un absoluto intocable. ¡Y ay del que toque ese alambre de alta tensión! Se quema.» (24-7-77)

FUENTE: Grupo de Curas en la Opción por los Pobres. (13 DE JUNIO DE 2015). La pobreza en un año electoral. (Mencionado en un blog). Recuperado de   http://blogeduopp2.blogspot.com.ar/search/label/Curas%20opp

sábado, 28 de febrero de 2015

Mujica como literatura



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Fuente:  http://www.eluniverso.com



Un mandatario viviendo en una chacra humilde, yendo al Palacio de Gobierno en su viejo “escarabajo”, compartiendo su salario, hablando desde el sentido común, la sencillez y un genuino anhelo por un mundo más justo y solidario. Un presidente perseguido por sus ideas, que hace realidad su proclama de dejar atrás las atrocidades vividas en carne propia para renacer desde la grandeza de espíritu que reconoce al otro en sus diferencias y trata de tender puentes institucionales para crear una sociedad con un denominador común que permita la convivencia. Parece un personaje de literatura. Una ficción radicalmente distinta de los arquetipos del poder total que abundan en la literatura regional, desde el Supremo de Roa Bastos, pasando por el Patriarca garciamarquino, el Chivo de Vargas Llosa y el Señor Presidente de Asturias.

Esta especie de fabulación real que es José Mujica, conocido popularmente como “el Pepe”, le ha permitido a Uruguay, y a la región, encontrar en el saliente mandatario a una nueva narrativa política, social y económica en este punto de la historia. Todo se inició con la crisis de ese país burocrático (Benedetti dixit), culto, reservado y casi condenado al inmovilismo estructural, que sufrió su mayor recesión entre 1999 y 2003: las tasas de desempleo se duplicaron, la economía se contrajo agresivamente y la gente, haciendo uso de sus raíces, comenzó a migrar en estampida.


Fue esa caída libre la que decantó la llegada del Frente Amplio al poder con el triunfo de Tabaré Vázquez, primero, luego con Mujica y ahora de nuevo con Vázquez. Pero no fue un cambio de revoluciones voceadas o control progresivo del Estado. Fue uno de los procesos democráticos más interesantes, en el que participación ciudadana y políticas públicas coordinadas permitieron establecer estrategias de reducción de pobreza, generación de empleos, fundamentos macroeconómicos estables y una estrategia de expansión agresiva de mercados que se tradujo en un crecimiento superior al 5% en promedio entre 2004 y 2014, la caída de las tasas de desempleo a sus más bajos niveles en décadas, la multiplicación por seis del salario mínimo y el acuerdo comercial con los Estados Unidos.


Desde que el Frente Amplio llegó al gobierno fue visto como un outsider de paso transitorio, con mal pronóstico de supervivencia porque venía precedido de un ánimo combativo que retrotraía al discurso de la izquierda de los setenta. Fue por eso que, al inicio, Vázquez aparecía como un candidato ideal pero a la vez irrepetible. El temor del Frente Amplio –y la apuesta de la oposición– era que la transición pos primer mandato de Tabaré iba a fracasar víctima de la historia electoral más larga y de una dinámica gubernamental sin autorregulación.


Mujica cambió radicalmente este presagio. Gracias a la combinación entre pragmatismo, sentido de Estado y una apuesta a la pervivencia de su coalición más allá de los personalismos, logró consolidar al Frente Amplio para que pasara de ser un proyecto entroncado en la clase media de izquierda (y mayor de cuarenta años) a ser un fenómeno de raigambre popular y cada vez más joven, que le arrebató parte de la base electoral a los partidos tradicionales. Lo que más caló fue la identidad presidente-pueblo. Como mucha gente pobre o de clase media-baja uruguaya lo define: “Pepe es de los nuestros”. El escritor Juan José Millas reafirma esta idea en un reportaje para El País de España, de marzo pasado: “se ha dicho de ella (la vivienda de Mujica) que es una casa modesta. Falso. Es pobre”.


A contramano de lo que supone hacer política en el continente, “el Pepe” practica lo que predica. Desde su discurso campechano, que destila a manos llenas pachorra y sabiduría, pero por sobre todo desde un ejemplo de vida austera, una práctica gubernamental en que juntó inclusión social con estabilidad económica y una puesta en escena sin revanchismos ni persecuciones, Mujica hizo de su mandato un referente que trasciende el ámbito político y se convierte en uno ético y moral, no solo a nivel local sino regional y global.


Pero además, ese personaje real que es “el Pepe” embroca lo mejor de la literatura uruguaya, cuyo debate empieza por ese parte aguas –similar al que generan Peñarol y Nacional– que son Benedetti y Onetti. Si bien ambos tienen una impronta de izquierda, los diferencia el lenguaje más coloquial, lúdico y montevideano de Benedetti, al que se contrapone la perspectiva onírica, densa e interiorana de Onetti. Como literatura encarnada, Mujica toma prestado lo mejor de los dos: la mirada más contemplativa del interior uruguayo de Onetti se suma a la calidez y luminosidad urbana de Benedetti. Su resultado es esa vida sin poses, casi de caricatura, que nos regala el sentido común del hombre sencillo que desde el poder cuestiona al poder.


Juntó inclusión social con estabilidad económica y una puesta en escena sin revanchismos ni persecuciones.